Entregar petróleo para seguir en el poder.... Es una crítica al capitalismo estatal parasitario del régimen chavista, denominado socialismo del siglo XXI... ahora el régimen chavista es mas útil a Trump que el mismo gobierno de Milei

Una revolución que termina en privatización no fue nunca revolución. Fue simulacro, fue mascarada. En el caso del chavismo, fue también negocio. Y de los malos, porque ni siquiera supieron saquear con eficiencia. Ahora, cuando la soga aprieta y el aliento del Tío Sam vuelve a sentirse detrás del cuello, el chavismo decide que es hora de cambiar de principios. O de desecharlos por completo.
La reforma a la Ley Orgánica de Hidrocarburos —sí, esa misma que Chávez defendía como símbolo de soberanía popular sobre el petróleo— será derogada por iniciativa del propio PSUV para permitir la entrega total de Pdvsa a empresas privadas. No a cualquiera, claro. El objetivo es claro como el petróleo refinado: agradar a Estados Unidos, específicamente a Donald Trump y sus emisarios, con la esperanza de que, en el trueque, se les permita seguir gobernando. Sin votos, pero con petróleo.
El chavismo ha decidido mutar. Ya no se trata de revolución, ni siquiera de socialismo, sino de mera supervivencia. Si antes gritaban “¡Exprópiese!”, hoy susurran “¡Asóciese!” en inglés técnico y confidencial. La excusa, como siempre, es la crisis. Pero la motivación real es la posibilidad de que los halcones republicanos en Washington —aquellos que veneran la propiedad privada y aborrecen los regímenes “izquierdistas”— les extiendan una prórroga en el poder a cambio de recursos energéticos en condiciones inmejorables.
¿Dónde quedó la retórica soberanista? ¿La independencia petrolera? ¿El “ni un barril más al imperio”? Quedó donde terminan todas las farsas: en el ridículo. La ironía no puede ser más cruel: tanto nadar en discursos bolivarianos para morir en la orilla del libre mercado, ese que durante dos décadas demonizaron con espuma en la boca y voz engolada.
Ahora los nuevos socios estratégicos —exxonianos, texanos y demás ralea— ya no serán acusados de saqueadores del oro negro patrio, sino bienvenidos salvadores del “aparatito productivo” nacional. No hay traición, nos dirán, sino “flexibilidad ideológica”. Y sí, lo es: una flexibilidad de contorsionista desesperado por no caer al abismo.
En realidad, el chavismo hace lo que siempre ha hecho: adaptarse para mantenerse. Si antes se disfrazó de rojo, fue porque la moda lo exigía. Hoy, que el rojo ya no cotiza en la Bolsa de Wall Street, se pasa al gris tecnocrático y al inglés de contratos confidenciales. Es la biología del poder: el camaleón sobrevive no por convicción, sino por oportunismo.
La pregunta incómoda es otra: ¿será suficiente esta metamorfosis para que les renueven el contrato de arrendamiento del poder? ¿O ya es demasiado tarde para disfrazarse de lo que nunca fueron? A lo mejor, después de veinte años jugando a revolucionarios, acaben siendo, por fin, lo que siempre quisieron: intermediarios de Chevron.
El chavismo no se acaba, se transforma. Pero lo que viene no es una refundación, sino una rendición. Y sin gloria.
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