Los persas vuelven a Atenas
Frente a la Acrópolis de Atenas, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, recorrió la historia de la antigua Grecia hasta el auge de la industria estadounidense en un discurso pronunciado el miércoles, en el que presentó la civilización occidental como amenazada por el declive.
Rubio pidió volver a la «concepción clásica de la política y el arte de gobernar que la Administración Trump espera recuperar, no solo para nuestro país, sino para el conjunto de nuestra civilización».
Esto parecía incluir una renovada reivindicación del orgullo nacional, que, según afirmó, los antiguos griegos habían abrazado, pero que Occidente había abandonado al sentirse «avergonzado de que nuestros logros nos distinguieran del resto del mundo».
El escenario elegido no es casual: ese orgullo que reivindica se ancla precisamente en el lugar fundacional. Occidente, entendido como un discurso y no como un lugar geográfico, es una secuencia histórica, el famoso relato que va desde Platón a la OTAN, en la cual la Grecia clásica juega un papel fundacional.
Dentro de esta narrativa, lo occidental remite a una sociedad desarrollada, moderna, secular y capitalista, resultado de un conjunto específico de procesos históricos. Cualquier sociedad que comparta estas características se considera parte de Occidente. Los discursos sobre Occidente producen y representan determinados cuerpos de maneras que nos resultan familiares. Civilizado y bárbaro, Occidente y el resto. La clave de todo esto es que Occidente no puede existir sin su opuesto: sin ese Oriente atrasado, sin ese resto del mundo al que define como tal.
Por último, ser occidental significa ser democrático, aunque tal afirmación oculta el impacto del colonialismo y del racismo en la subversión de cualquier noción significativa de democracia. En este caso, su identidad se deriva de la negación del despotismo. Los elementos que constituyen la democracia adquieren su significado al contraponerse a aquellos considerados constitutivos del despotismo, una frontera con una larga historia.
Según la visión hegemónica, la democracia nace en Grecia. La identificación de la democracia con los griegos no se deriva de una enumeración de las formas de gobierno de las distintas comunidades helénicas, sino de la percepción que los propios griegos tenían de sí mismos como libres, en contraposición a los súbditos esclavizados del Gran Rey persa. La libertad griega frente a la esclavitud persa constituye uno de los primeros ejemplos de un tropo del pensamiento político occidental, que se reproduce como variación del tema de la democracia frente al despotismo oriental.
Muchos autores posteriores se tomaron en serio esta división, hasta el punto de que la dicotomía ha llegado a considerarse una de las grandes líneas divisorias entre Occidente y el mundo no occidental.
Pero como han apuntado varios expertos, como Michael Mann, la antigua Atenas era una sociedad mucho más estrictamente disciplinada que la sometida al rey de reyes persa. El rey de reyes podía disponer de una administración permanente, un ejército permanente y recursos procedentes de tributos regulares; sin embargo, en todos los casos, las exigencias del control imperial implicaban cooperar con las élites locales y depender de ellas. Es decir, contra la idea hegemónica que presenta a Occidente como la cuna de la democracia, se podría, igualmente, haber presentado a Atenas y, por extensión, a la Grecia clásica como la cuna del totalitarismo.
Otras tradiciones ofrecen modelos de gobierno igualmente participativos. Los Critical Muslim Studies, por ejemplo, formulan alternativas al relato eurocéntrico que establece una relación privilegiada entre la idea de Occidente y la forma democrática. El gobierno del profeta Mahoma es visto desde esta tradición como una manera de gobernar benevolente, justa y participativa. Otro ejemplo es el gobierno del Imam Ali, también caracterizado por su justicia, benevolencia y atención a las demandas de la comunidad.
Esto demuestra que la supuesta conexión entre democracia y «Occidente» es parte de un relato y no algo natural. Lo mismo sucede con el significante «fanático», utilizado por Marco Rubio en su intervención para describir a los actuales dirigentes de Irán, a los que llamó «fanáticos que dirigen un culto a la muerte y utilizan el martirio como instrumento para alcanzar sus objetivos políticos».
La acusación de fanatismo dirigida a los musulmanes de manera general y a los dirigentes de la República Islámica en particular forma parte, una vez más, del discurso occidental que crea una división entre un supuesto yo racional y un otro islámico «irracional y violente», con el que no es posible dialogar ni llegar a acuerdos y que, por lo tanto, solo puede ser doblegado militarmente.
Al volver a desplegar un Occidente luminoso contra un Oriente oscuro y peligroso, representado por la República Islámica, el discurso de Rubio se inscribe en una estrategia que apunta a justificar un posible nuevo ataque y a presentarlo como inevitable dadas las tendencias «irracionales y violentas» de Irán.
Como escribió Edward Said en su libro Orientalismo, «todo occidental, en lo que podía decir sobre Oriente, era, por consiguiente, racista, imperialista y casi por completo etnocéntrico».
La definición exacta del discurso de Marco Rubio.
Por Xavier Villar
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