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lunes, 10 de agosto de 2026

REVERBERACIONES DE UNA DERROTA

 

Publicada: lunes, 10 de agosto de 2026 0:50

Las reverberaciones de la guerra de los cuarenta días no han cesado y ya puede decirse que han afectado no solo a Asia Occidental, sino al mundo entero.

Por: Xavier Villar

La historia es conocida: Donald Trump inició una guerra con la expectativa de que los ataques estadounidenses e israelíes acabarían de una vez con la República Islámica. En cambio, ha sido testigo de una derrota histórica para su país.

Robert Kagan, analista geopolítico neoconservador, acertó en su lectura del conflicto desde el primer momento: “El conflicto terminará en una derrota para Estados Unidos, un desenlace que debilitará irreversiblemente la posición global de Washington y desencadenará una reacción en cadena en todo el mundo, a medida que amigos y adversarios por igual se adapten al fracaso estadounidense”.

Kagan hablaba sobre todo de las consecuencias internacionales de esa derrota, que son las que interesan a este artículo, pero es probable que sus efectos se dejen sentir también en la política interna. Las repercusiones a largo plazo no pueden adivinarse, aunque algunas cuestiones ya empiezan a estar claras. La aprobación de la gestión de Trump venía cayendo durante buena parte de su segundo mandato, pero la guerra de Irán ha acelerado el descenso: uno de cada cuatro estadounidenses que votaron por él en 2024 se opone ahora al conflicto. Desde su inicio, la aprobación presidencial ha perdido más de tres puntos porcentuales hasta situarse en apenas el 40 %, mientras la desaprobación ha trepado al 57 %.

A nivel regional, la contienda parece haber convencido a Arabia Saudí y a otros aliados tradicionales de que las garantías de seguridad estadounidenses para los Estados árabes ya no son tan sólidas como antes. La orden ejecutiva que en 2025 extendió una garantía de seguridad a Qatar, el estatus de “principal aliado no perteneciente a la OTAN” concedido a ese país, a Kuwait y a Bahréin, y los acuerdos que permiten bases militares en varios Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG-integrado por los países árabes ribereños del Golfo Pérsico), ninguno de ellos logró proteger a sus beneficiarios frente a los devastadores ataques iraníes. En consecuencia, los países de la región tienen pocas alternativas más allá de reducir su dependencia de lo que ahora perciben como un Washington impredecible y poco fiable, incapaz de protegerlos plenamente y susceptible, incluso, de poner en peligro su seguridad con acciones temerarias.

Una de las reverberaciones más notables de la guerra es que ha acelerado la transición regional hacia un orden posestadounidense.

El pacto firmado el 7 de agosto entre Arabia Saudí, Turquía y Pakistán puede leerse, aunque no exclusivamente, desde ese ángulo. En virtud del Acuerdo de La Meca, los tres países se comprometieron a reforzar la “defensa colectiva” y la “disuasión colectiva”, y a considerar un ataque armado contra cualquiera de ellos como un ataque contra los tres. Como apunta Stanly Johny, editor de política internacional del diario indio The Hindu, cada miembro aporta sus propias fortalezas y vulnerabilidades.

Arabia Saudí pone sobre la mesa su capacidad financiera, pero también su exposición a ataques y bloqueos marítimos de Ansarolá y a represalias iraníes contra objetivos estadounidenses en el reino. Pakistán aporta su programa nuclear, lastrado al mismo tiempo por una economía frágil y el conflicto con la India. Turquía, que siempre ha aspirado a un papel central en Asia Occidental, suma capacidades militares y tecnológicas, además de su relación con países como Qatar, pero arrastra sus propios temores: Ankara considera que debe prepararse para conflictos futuros. Los dirigentes israelíes ya han advertido públicamente contra Turquía, acusándola de apoyar a Hamás y a otras fuerzas islamistas, y aunque es miembro de la OTAN, Ankara duda de que las garantías de seguridad colectiva de la Alianza se mantendrían en caso de un enfrentamiento con Israel.

El pacto nace de la pérdida de influencia estadounidense en el mundo y, de manera concreta, en la región, así como de la reconfiguración en curso, en la cual Irán se ha convertido en eje central. Esto no significa que el acuerdo sea antiraní, pero es evidente que los tres firmantes no pueden ignorar la nueva realidad

Hay otros efectos de la guerra que no pasan por el pacto trilateral. Emiratos, por ejemplo, entró en el conflicto como pieza clave de la arquitectura política estadounidense y salió profundamente debilitado. Mohammed bin Zayed, que antes había cultivado una imagen de actor indispensable en la diplomacia regional, se ve cada vez más relegado a los márgenes de los principales procesos políticos. En este nuevo orden, Abu Dabi ya no tiene silla en la mesa principal.

China también se ha beneficiado de la derrota estadounidense. El revés con Irán ha abierto espacio para que Pekín ejerza mayor influencia y liderazgo en la escena internacional. Según el razonamiento chino, cuanto más se desgaste Washington, sumido además en divisiones internas, más rápido llegará China al centro del tablero mundial. Pekín observa cómo su rival se consume mientras ella conserva fuerzas y concentra recursos en lo que considera la contienda geopolítica decisiva: la batalla por el liderazgo tecnológico.

Esa posición se refuerza en el terreno práctico. Pekín está ayudando a aliados de Estados Unidos como Tailandia y Filipinas a cubrir sus déficits de combustible para aviación y otras importaciones energéticas; al acudir en auxilio de países en crisis, ocupa un papel que Washington utilizó durante mucho tiempo en su propio beneficio. A más largo plazo, se beneficiará de la destrucción de la demanda de petróleo provocada por la guerra y parte con una ventaja clara para consolidar su cuota de mercado en las tecnologías renovables que domina: la energía solar y eólica, los vehículos eléctricos y las baterías.

El desgaste que la contienda ha infligido a las relaciones de Estados Unidos con sus aliados, especialmente en Europa y Asia Occidental, es otra baza para Pekín. Las divergencias abiertas entre Washington y sus socios sobre la legitimidad de la guerra, su desarrollo y sus consecuencias han dejado al descubierto unas grietas que, con el tiempo, podrían extenderse a otros ámbitos de la relación.

Estados Unidos pensó que lanzaría una piedra al lago iraní y contemplaría las ondas de forma tranquila y controlada. Pero el lago se comportó de otra manera, no imprevisible, pero sí distinta, y quienes lanzaron la piedra ya no pudieron hacer nada.


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