Hay algo particularmente peligroso ocurriendo al mismo tiempo en Oriente Medio y Europa.
Irán acaba de anunciar un nuevo misil balístico, el Qassem Basir, con un alcance declarado de al menos 1.200 kilómetros y una ojiva de aproximadamente media tonelada.
Teherán afirma que el arma fue probada contra un buque de guerra estadounidense.
Pero aquí hay que hacer una distinción importante: hasta ahora no existe confirmación independiente de que el misil haya impactado un portaaviones estadounidense ni de que se haya producido específicamente un lanzamiento Mach 12 contra el USS George Washington. Es una afirmación iraní que debe tratarse como tal.
Lo que sí está confirmado es que Irán está desarrollando capacidades diseñadas para amenazar a las fuerzas navales estadounidenses en el Golfo.
Y eso es especialmente preocupante porque una investigación reciente del Financial Times reveló que Rusia ha estado ayudando secretamente a Irán a desarrollar misiles de crucero supersónicos, incluyendo tecnología de propulsión ramjet.
Es decir, Moscú y Teherán están desarrollando capacidades que pueden complicar todavía más la presencia naval estadounidense en Oriente Medio.
Y mientras esto ocurre, en Europa tampoco existe una verdadera pausa.
Rusia había acordado una suspensión temporal de ataques de largo alcance contra Kyiv y Moscú durante tres días, coincidiendo con las conversaciones entre enviados estadounidenses, rusos y ucranianos.
La tregua terminó y los ataques volvieron.
Durante una de las oleadas posteriores, Rusia lanzó 167 drones, además de misiles balísticos contra Ucrania.
El resultado es una situación estratégicamente incómoda para Washington.
Estados Unidos está intentando gestionar simultáneamente dos grandes escenarios de guerra.
En Oriente Medio tiene que proteger sus fuerzas frente a una potencia que está desarrollando misiles cada vez más sofisticados, mientras mantiene abierta la navegación en el Golfo y enfrenta una crisis energética que ya está afectando los mercados mundiales.
En Europa, al mismo tiempo, Washington intenta mantener abierta la posibilidad de una negociación entre Rusia y Ucrania mientras Moscú continúa atacando ciudades e infraestructura ucraniana.
Y aquí aparece la pregunta que realmente importa:
¿Cuánto puede sostener Estados Unidos simultáneamente?
Porque un portaaviones estadounidense puede ser extremadamente poderoso, pero también es un activo relativamente escaso.
Un grupo de combate puede disuadir, atacar y defenderse.
Pero no puede estar en dos guerras al mismo tiempo.
Y mientras más fuerzas estadounidenses se concentran en Oriente Medio, más difícil resulta mantener una presencia suficiente en Europa y el Indo-Pacífico.
De hecho, analistas ya han advertido que la guerra con Irán está generando una auténtica “brecha” en la disponibilidad de portaaviones estadounidenses, obligando a Washington a repartir una fuerza naval limitada entre múltiples teatros.
Eso es precisamente lo que hace peligrosa esta situación.
No porque una guerra mundial sea inevitable.
Sino porque los márgenes de error se están reduciendo.
Un misil mal identificado.
Un buque atacado.
Un avión derribado.
Una represalia mal calculada.
Una decisión tomada durante una crisis.
Y de repente dos conflictos regionales pueden comenzar a interactuar entre sí.
La historia demuestra que las grandes guerras no siempre empiezan porque alguien decide conscientemente iniciar una guerra mundial.
A veces comienzan porque demasiados actores armados creen que todavía pueden controlar la escalada.
Y ese es quizás el verdadero peligro de 2026.
La pregunta ya no es solamente quién tiene más misiles.
La pregunta es quién puede mantener su capacidad militar durante más tiempo sin cometer un error irreversible.
¿Crees que Estados Unidos puede sostener simultáneamente la guerra con Irán y el apoyo a Ucrania sin terminar sobreextendido?
¿O estamos entrando en una etapa en la que Washington tendrá que elegir qué frente considera realmente prioritario?
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